jueves, 19 de mayo de 2011

EL ATOMISMO LÓGICO Y LA TEORÍA DE LAS DESCRIPCIONES

Russell denomina a su teoría “atomismo lógico”, y alcanza su madurez hacia
1918.
Según Russell muchos problemas filosóficos provienen de las imperfecciones del lenguaje ordinario que utilizamos, ya que es un lenguaje ambiguo, equívoco y confuso.
Y si la ambigüedad es ventajosa a la hora de comunicarnos, es una desgracia para el desarrollo de la filosofía.
Por eso Russell desarrollará un análisis del lenguaje que aspira a poner de manifiesto sus imperfecciones lógicas, contrastándolas con un lenguaje lógicamente perfecto, que debe poseer las siguientes características:

· Principio de isomorfía semántica. La primera condición para que un lenguaje sea lógicamente perfecto es una condición semántica: que las palabras de cada proposición correspondan, una por una, a los componentes del hecho correspondiente.
· Extensionalidad. Esto es, que todas las oraciones complejas, “proposiciones
moleculares”, puedan descomponerse en oraciones simples, “proposiciones
atómicas”, de tal modo que la verdad o falsedad de aquellas sea una función de la verdad o falsedad de las últimas.

Por ello un lenguaje perfecto solo está formado de proposiciones, es decir, oraciones declarativas que pueden ser consideradas verdaderas o falsas. Y las oraciones complejas estarán unidas entre sí por palabras conectoras como: y, o, no, si… entonces…
Las oraciones simples son denominadas por Russell “proposiciones atómicas” y describirán el tipo más simple de hecho, lo que, siguiendo la misma analogía, llamará “hechos atómicos”. De aquí el nombre de “atomismo lógico” para su teoría: se trata de llegar a los últimos elementos que el análisis lógico del lenguaje pueda encontrar en éste, y puesto que el lenguaje corresponde estructuralmente a los hechos, llegaremos a los últimos elementos de la realidad. En este sentido el análisis de Russell va de la lógica a la metafísica a través de la filosofía del lenguaje.
Para Russell, los hechos atómicos, son los que consisten en la posesión de una cualidad por una cosa particular, por ejemplo, el hecho descrito por la proposición “eso es blanco”. Aquí tenemos algo, aquello a lo que se refiere el término “eso”, y el color que le atribuimos. Una proposición tal es, desde luego, muy diferente a la proposición “esa tiza es blanca”, pues al considerar algo como “tiza”, le estamos atribuyendo ciertas propiedades más allá de los datos sensibles que ahora percibimos.
En todo hecho atómico hay, por lo tanto, una propiedad o relación, más una o varias entidades que son respectivamente, sujeto de aquélla o ésta. A estas entidades les llama Russell particulares, los cuales son autosubsistentes y lógicamente independientes entre sí.
Como hemos mencionado anteriormente la verdad de una proposición atómica depende del hecho atómico al que hace referencia. Sin embargo la verdad de una proposición molecular no depende de hechos moleculares, que no existen, sino que depende de la verdad o falsedad de las proposiciones atómicas que la forman.


ü Teoría de las descripciones

Lo que en una proposición corresponde a una propiedad es el predicado. Lo que expresa una relación suele ser un verbo. Y lo que corresponde a un particular es el sujeto, y tiene que ser un nombre propio, ya que la única manera de hablar de un particular es nombrarlo. Para describirlo, ya mencionaremos sus propiedades y sus relaciones utilizando los términos correspondientes; ahora bien, para referirnos a él como sujeto de
aquellas, lo único que podemos hacer es nombrarlo. Y puesto que las palabras obtienen su significado de los objetos con los que estamos familiarizados, sólo podremos nombrar lo que es objeto de conocimiento directo y mientras lo es.
La primera consecuencia de tan extraña doctrina es que los nombres propios de particulares, tal y como aparecen en una proposición atómica, serán muy distintos de lo que, en el discurso ordinario, llamamos «nombres propios». Palabras como «Sócrates», «Venus», «Madrid», las usamos para referirnos a sus correspondientes objetos aun cuando éstos no estén presentes; de hecho, parece que su utilidad estriba precisamente en ello, pues quien estuviera ante Sócrates o quien se hallara en Madrid probablemente no necesitaría recurrir a esos nombres. Ahora bien, de acuerdo con la doctrina de Russell, no tenemos conocimiento directo de Sócrates, y por consiguiente, no podemos nombrarlo. Por lo mismo, quien nunca haya estado en Madrid, tampoco podrá dar significado a este término, y tampoco podrá dárselo al término «Venus» quien no haya contemplado este planeta. Ello muestra que tales palabras no son en realidad nombres propios, esto es, que no son nombres propios
en sentido lógico. ¿Qué son, entonces? Según Russell, se trata de descripciones encubiertas y abreviadas.
«Sócrates» es una abreviatura para cualquier descripción correcta que podamos dar de su correspondiente objeto, por ejemplo: «El filósofo griego que fue condenado a beber la cicuta», o «El maestro de Platón», o cualquier otra. Como «Madrid» abreviará, entre otras muchas, la descripción «La capital de España», o «Venus» equivaldrá, entre otras, a «El lucero matutino». En la medida en que estas descripciones se refieren a sus objetos describiendo ciertas propiedades suyas, resulta patente que esos objetos no pueden ser particulares, pues no son simples.Tenemos, pues, que ni los nombres propios del lenguaje ordinario son nombres propios en sentido lógico ni aquello a lo que se refieren son particulares. Por ello, puede afirmar Russell: «Hablando estrictamente, sólo los particulares pueden ser nombrados.»

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